lunes, 27 de julio de 2015

BANDOLERISMO Y DELINCUENCIA EN CÁRTAMA.

         Ha sido esta una lacra sufrida por la sociedad de todas épocas; unas veces porque las dificultades del momento no dejaban otra opción para la supervivencia, y en otras por el atractivo del dinero fácil y rápido. El bandolerismo crea todo un mundo paralelo al resto de la sociedad, con sus propias leyes, mitos, leyendas, indumentaria y costumbres.
         La composición serrana de las tierras de Cártama y su ubicación entre las comarcas antequerana, rondeña, montes de Málaga y la costa, hace inevitable la presencia de bandidos. En unas ocasiones tan sólo de paso, y en otras cometían aquí sus delitos y huían a otras comarcas; aunque también se tienen noticias de partidas asentadas en nuestra sierra. 
         Ya durante los trámites para la segregación del término de Casapalma del de Málaga, alegaba en contra el cabildo malagueño que los bandidos tendrían fácil refugiarse en otra jurisdicción tras cometer un delito en las tierras de la ciudad.
         Contaban los delincuentes con la complicidad de venteros y trajinantes dedicados a la venta ambulante; no tan sólo a cambio de ciertos beneficios económicos, también porque la negativa a colaborar suponía que fuesen víctimas  de ataques y extorsiones. Por lo que estaban siempre bien informados de las personalidades, mercancías o cabezas de ganado que en todo momento circulaban por los caminos.
                                                    
Hemeroteca ADE. Periódico El Guadalhorce. 1840.

         Pastores y ganaderos eran considerados amigos de delincuentes, si no propios delincuentes, y como tales los trataba la ciudad, muestra de ello es el acuerdo del Consejo de Málaga que manda el 27 de octubre de 1559, se quiten las armas a los ganaderos que llegan a la ciudad con ganado desde Cártama.
         Pero además de las medidas preventivas para la delincuencia, la Ley era bastante tajante con estos individuos, que se ajusticiaban públicamente y sus restos eran expuestos en los cruces de caminos y entrada a las poblaciones, para que sirviesen de escarmiento. No dudaban las autoridades en usar la tortura para obtener confesiones y a aquellos que se mostraban colaboradores se les perdonaba la vida y obtenían beneficios que podían ir desde la condena a galeras, latigazos, presidio, incluso compensaciones económicas si la colaboración era suficientemente eficaz.

         Obviamente, desde la dominación cristiana la nueva legislación va dirigida a los cristianos viejos repobladores, dispuestos a asumir las normas fiscales; por lo que, desde el primer momento, surgen minorías descontentas. Unos porque pertenecen a etnias y grupos que se sienten marginados, como pueden ser musulmanes  y judíos; y otros porque creen que no se les ha hecho justicia en lo que merecen. Estos se agrupan en minorías discriminadas que con frecuencia forman bandas que sobreviven del pillaje y robo a lugareños y forasteros.
         Poco a poco se va agravando esta situación, hasta el punto en que la corona se ve obligada a expedir una Real Cédula el 20 de agosto de 1494, por la que dicta seberas medidas a los venteros, por ser estos los lugares donde solían juntarse putas y rufianes. Cualquiera que llegue a una venta por la mañana, estará obligado a abandonarla al caer la tarde; y el que llegue de noche deberá partir muy de mañana. Se les niega los derechos como vecinos a los forasteros sin oficio ni señor con quien vivan, al igual que vagabundos y holgazanes.

         Sin embargo esta medida no es suficiente para paliar la delincuencia existente, ya que poco se puede hacer contra los salteadores de caminos. De uno de estos llamado Diego Martín, tenemos noticias que en 1576 asaltó a una arriero en los caminos de Cártama y le robó treinta y dos reales que llevaba. Puesto preso el sujeto, la justicia se pone en marcha para esclarecer los hechos y el tres de diciembre de 1567 se paga a Rodrigo Sánchez, como alguacil de Cártama, seis reales por el tiempo que había ocupado en tomar declaración a ciertos testigos contra el Diego Martín.
         Pero a pesar de las medidas tomadas para evitar la concentración de delincuentes en las ventas y posadas, también se podía dar el caso que fuese el propio posadero el delincuente, como fue el caso de Domingo Fernández, propietario de la venta de El Pilarejo, que en 1568 aporrea y roba a Alonso Esteban, dejándolo muerto y tras cometer el delito huyó, siendo apresado en Marbella. El procedimiento se extendió a la ciudad de Málaga y de esta a la de Granada, siendo finalmente condenado a finales de este año a galera perpetua. Al año siguiente también fue entregado a galeras el dos de abril, Fernán Gutiérrez, mulato, vecino de Cártama, por haber matado a su amo Diego Méndez.
         Aun en 1579 la minoría musulmana continúa siendo un sector marginado y perseguido. El 10 de julio de este año se envían mandamientos a las villas de Mijas, Alhaurin el Grande y Cártama, para que sus respectivos Concejos enviasen gente a la sierra en busca de dos moros monfíes que andaban por ellas salteando.
         En numerosas ocasiones las partidas de bandoleros contaban con el amparo y protección de los gobernantes, que las usaban como instrumento de sus conjuras políticas. Los cargos públicos eran oficios de máximo riesgo, que a muchos costó la vida. Y aunque Cártama es muy escasa en los documentos sobre estos años, podemos interpretar que la situación debió ser similar a la de localidades cercanas.
         Es de conocimiento público que los regidores andan en connivencia con maleantes habituales. Las Actas Capitulares de Coín reflejan en 1650 como los alcaldes salientes impidieron “con fuerza y violencia”, la entrada de los perpetuos; y en otra de estas actas se acusa a ciertos regidores perpetuos de connivencia con maleantes habituales.
         En 1650 la Real Chancillería de Granada envía a Juan de Villalba, como Juez particular, para la averiguación y castigo de los culpables de las muertes y delitos ocurridos en las villas de Coín, Álora, Alhaurin y Cártama, desde diez años atrás. A pesar de los informes emitidos y medidas tomadas, no pudo este señor con las regidurías perpetuas, causantes de todos estos problemas; tan sólo pudo retirarles sus títulos como medida preventiva e inhabilitarlos para ejercer funciones políticas. Pero a pesar de ello siguieron conservando algunos privilegios en tanto no llegase la confirmación de lo que se les había de indemnizar.
         El bandidaje llegó a tal magnitud que las partidas se enfrentaban entre ellas, y la complicidad con los gobernantes se reproducía en falta de autoridad. Aunque no siempre la impunidad de los delincuentes era culpa de la corrupción; lo más frecuente era el temor a las represalias, ya que en todos los estamentos tenían los delincuentes algún contacto, situación que hacía que el número de ajusticiados fuese mínimo y el temor a las represalias fuese mucho. En 1658 se condenó a dos personas por la muerte del alcalde ordinario de Guaro, ocurrida a causa de estas represalias. Otros muchos enfrentamientos y muertes hubo, pero resultaría muy tedioso relatarlos aquí.

         A finales del siglo XVIII operaba en nuestra comarca y en las cercanas una partida dedicada al robo y contrabando, que al ser perseguida había dado muerte a dos soldados del regimiento de Voluntarios Aragón. Una vez capturados, sus miembros fueron vistos en distintas causas según las acusaciones que sobre ellos pesaban, de los cuales: Francisco del Pozo, Francisco de Paula Sánchez, alias el buitre, Cristóbal Salinas y Manuel Bueno, fueron condenados morir en la horca, arrastrados y cortadas sus cabezas para colocarlas en los pueblos de Alameda, Cártama, Álora y Coín, donde habían cometido sus mayores delitos. Antonio Fajardo, Antonio del Pozo y Pedro Galván, alias rana, fueron condenados a pasar por debajo de la horca, asistir al suplicio de sus compañeros, 200 azotes y 10 años de galeras como forzados. Y por último Tomás Gamero Villareal fue condenado a 10 años de arsenales.


         Entre estos proscritos de la justicia dedicados a la delincuencia, quizás el más significativo de ellos en Cártama sea el caso de Calisto Ganancias.
         Calisto nació en Cártama hacia el año de 1800 en el seno de una familia pudiente de escribanos, pero de mucho carácter, que precisamente se instaló aquí a mediados del siglo XVIII, arrebatando el cargo de escribano a la familia Zamora que lo venia ostentando desde que se lo concediesen los RR.CC.
         Sobre 1828 y sin que se conozca el motivo, Calisto causó la muerte a su vecino don Antonio Fernández, por lo que fue sentenciado el 10 de enero de 1929 a diez años de presidio. Estando en Melilla cumpliendo su condena consiguió escapar y pasarse con los moros durante algún tiempo, integrándose con estos hasta el punto de hacerse musulmán; posteriormente pasó a Oran, y cuando esta ciudad fue ocupada por las tropas francesas embarcó hacia Francia, desde donde pasó a España llegando de nuevo a Cártama. A partir de entonces se noto un aumento en los delitos de robos, asaltos en caminos y forzar mujeres, en la zona comprendida entre los pueblos de Pizarra, Carratraca, Guaro, Monda y otros cercanos, y todas las noticias apuntaban de que se trataba de Ganancias con una partida de hasta siete hombres como los autores de estos delitos, atreviéndose incluso a imponer contribuciones en algunos cortijos. El Gobierno Militar de Málaga dispuso que saliesen piquetes y tropas de infantería y caballería, sobre todo para garantizar la seguridad de los visitantes de los baños de Carratraca, que no conseguían capturarlos ya que en la huida solían defenderse con sus armas.
         Pero ocurrió que el 29 de julio de 1933, encontrándose en el camino de Coín, justo frente a la Venta de Cártama, el comisionado don José Siman, el cabo primero Diego Lozano y el soldado Juan Moya, del regimiento de caballería Vitoria 4º ligeros; avistaron cuatro hombres a caballo que en cuanto se acercaron a ellos se dieron a la fuga en dirección a un lugar que entonces llamaban “cañada de la Cruz”, llegados al cual tuvo lugar un enfrentamiento armado del que resultó herido el cabo, y calló muerto del caballo Calisto Ganancias, siendo perseguidos el resto de la partida. Dos de ellos consiguieron escapar, pero el tercero, llamado José Serrano de 21 años, fue apresado al día siguiente en Cártama, de donde era natural, con una herida. Al prisionero se le intervinieron dos escopetas, dos cananas y dos caballos; y quedó en el pueblo bajo la custodia del alcalde, ante la imposibilidad de trasladarlo a la cárcel de la ciudad, dada la gravedad de sus heridas. Y de esta forma quedó dispersada la partida de Ganancias.

         Además de ésta, otras partidas circulaban continuamente en busca del mejor lugar para ejecutar sus actos, en previsión de lo cual y de los continuos movimientos políticos compuestos de voluntarios armados que recorrían la provincia, columnas móviles militares estaban en continuo movimiento esperando la ocasión de enfrentarse a ellos y dispersarlos.
         El 29 de septiembre de 1837 por la tarde, aparece por las tierras de Cártama un grupo de forajidos a caballo, al mando del conocido como Miguel del Borge, a cuyo encuentro salió el capitán don Manuel Zazo, con sus hombres, encontrándose con ellos en la zona de Arroyo Hondo, cuesta del Palmar; sin embargo, la llegada de la oscuridad de la noche se convirtió en ventaja para los forajidos que consiguieron dispersar a los soldados. En cuanto esta noticia llegó a Málaga se dispuso la salida de una columna de infantería en persecución de esta partida, que se sabe contaba con protección y simpatía en algunos pueblos y varios cortijos, hasta tal punto que este grupo se hacía llamar así mismos “soldados del príncipe rebelde”, en alusión a ser seguidores carlistas; otra forma de justificar sus actos.

         A finales del siglo XIX la inseguridad personal es una de las cuestiones de mayor importancia, ya que el bandolerismo ha tomado proporciones alarmantes, y la sociedad exige que las autoridades tomen medidas.
         En el año de 1874 transitaba por estos campos una partida de bandoleros dedicados al secuestro. Esta partida estaba compuesta de entre 12 y 14 hombres y su zona de actuación estaba entre los términos de Monda, Coín, Álora, Carratraca y Pizarra. Casi todas las haciendas de campo habían sido visitadas por estos, y sus propietarios se veían obligados tomar estrictas medidas de precaución como no viajar solos y en horario nocturno.
         De entre las actuaciones de estos hemos tenido noticias del secuestro que ejecutaron por agosto de este año. Cuando se encontraba el hacendado señor Benítez, vecino de Alhaurin de la Torre, presenciando la carga de varias carretas del fruto de la patata recogido en sus tierras del cortijo de Santa Águeda, término de Málaga, cercano a la vía férrea junto al apeadero de Los Remedios en Cártama, llegaron seis hombres a caballo que a cara descubierta montaron sus armas y ataron a los carreteros y montaron al señor Benítez en un caballo. Con total naturalidad, secuestradores y secuestrado emprendieron la marcha dirección Cártama, siendo saludado el señor Benítez por algunos conocidos, que le creyeron en compañía de amigos.
         Un mes después de ocurrido este secuestro, de entre las numerosas salidas que las fuerzas de la guardia civil hacía por los campos en persecución de estos bandidos, en la noche del 23 de septiembre la patrulla al mando del capitán don Rafael Serrano López tuvo un encuentro con esta partida en el estacar de Gálvez, actual zona de Tres Leguas, entre la vía férrea y el rio; del cual resultó muerto Miguel Gómez Pérez, alias cerrillo, que se resistió al ser capturado y se le dio sepultura en Cártama.
 
Muerte de “cerrillo”.

         Otras partidas surgían de forma espontanea atraídas por el dinero fácil, como la que compuesta de cinco hombres armados con escopetas, en la noche del 16 de abril de 1875, llegan al cortijo de El Villazo, situado en término de Cártama, lindante con el de Almogía. Tras agredir al propietario, su señora y tres sirvientes, los delincuentes registraron la casa, llevándose quince duros, un retaco ó escopeta corta, y un revolver; pero no contentos con esto amenazaron de muerte al dueño, si para el siguiente día 20 no les tenía preparados seis mil reales. El 18 informa el propietario del cortijo a la guardia civil de lo ocurrido, con lo que se emprende una investigación por toda la zona, sin que se encuentren testigos que hayan visto a estos individuos, posiblemente por el temor que estos individuos despertaban por todas las casas de campo; pero aun así se decide instalar un reten de guardias en el propio cortijo.

         En agosto de 1890 un grupo de presos que transitaba hacia Málaga, fue ingresado temporalmente en la cárcel de Cártama; entre estos se encontraba José Álvarez Lorda, vecino de Montejaque, el cual supo ganarse la confianza del alcalde que por encontrarse sobre la cárcel la casa Ayuntamiento transitaba casi a diario por el edificio. El preso hizo creer al edil que era trasladado a la ciudad sólo a prestar una declaración en un asunto en el que se había visto involucrado y que si le salía bien prometía volver para decir una misa a la Virgen de los Remedios. La confianza entre ellos llegó al punto de enviarse cartas mutuamente, por las que el preso informaba que su asunto había salido bien y sólo le habían impuesto unos días de cárcel que cumpliría en Ronda.
         El 22 de noviembre de aquel año volvió la conducción de presos a pasar por Cártama y en la misma volvía a encontrarse el José Álvarez, el cual fue recibido por su amigo el Alcalde que tras comprobar las condiciones en que se encontraban los presos decidió instalar a su amigo en una habitación de su casa, permitiéndolo incluso que recibiese visitas de amigos. Tal fue la confianza que el 23 por la tarde el propio Alcalde se ofreció para ir a buscar café para sus invitados, quedando el preso sin vigilancia, lo que aprovecho este y sus amigos para huir en dirección Alhaurin el Grande.
         De inmediato se dio aviso y las parejas de la guardia civil e incluso el Teniente de la línea salieron en persecución, sin que pudiese ser localizado el fugitivo y sus acompañantes.

         Otro de estos personajes que transitó en sus andanzas por tierras cartameñas fue Tomás Aguilar; condenado a muerte por secuestros cometidos en el término de Cártama.
         Este sujeto se fugó de la cárcel de Málaga para unirse a otro bandido llamado Marín Criado, acusado del asesinato del apoderado de la casa Larios. Después de una larga persecución a campo través, la guardia civil acompañada de un guarda jurado sorprende al bandido el 17 de enero de 1907 en sierra Chinchilla, término de Almogía. Durante el enfrentamiento a tiros de escopeta resulto herido el guarda jurado en las manos, brazos y pecho, además de un guardia; y duró hasta que el forajido resultó alcanzado de un disparo en la sien derecha. El cadáver fue trasladado a Álora y expuesto al público antes que se le diese sepultura.

         En 1905 merodeaba por los campos de Cártama otra partida compuesta por tres hombres armados dedicada al secuestro, de la que tenemos noticias que secuestró al muchacho José Jiménez, cuando regresaba de visitar el cortijo de su padre y por el que pidieron un rescate de 7.000 duros. A los dos días el muchacho logró escapar de la cueva en que se encontraba cautivo, pero aun así la guardia civil de Cártama y Almogía continuo con sus indagaciones para localizar a los raptores. Tuvieron noticias de que algunos de estos eran vecinos de un caserío situado en arroyo Ancón, al que se dirigió una patrulla de Almogía, logrando detener a Francisco Padilla Bravo, alias “semilla”, de 35 años; el cual, después de ser interrogado desvelo los detalles del secuestro.

         Dentro de los actos delictivos, aunque no puede enmarcarse como bandidaje, se encuentra el caso del vecino de Cártama Juan Macías Ruiz, “papeles”, de profesión cabrero, que en el año 1904 estranguló a un hijo suyo de dos años, por celos de su mujer. Puesto en un hospital en observación por si padeciese enajenación mental, a los catorce meses logró fugarse y se presentó en el despacho de don José Estrada Estrada, el cual lo devolvió a prisión y se encargó de la defensa de su caso.

         El más conocido de los actos de bandidaje cometidos en Cártama, quizás por ser también el más reciente en el tiempo, es el perpetrado en 1972 por Eleuterio Sánchez “El Lute”.
         Condenado el 28 de mayo de 1965 a la pena máxima por el atraco a una joyería en Madrid, en el que muere una niña, le fue conmutada esta por la de 30 años de reclusión. El primero de enero de 1967 logra escapar de la cárcel en una fuga que él mismo organizó y casualmente fue el único que logra alcanzar la libertad. Busca refugio en Málaga hasta que el 14 de junio de 1972, en compañía de sus hermanos Manuel “El Lolo”, y Raimundo “El Toto”, intentan atracar la oficina de Caja Rural de Málaga en Estación de Cártama.
         Mientras sus hermanos le esperaban en un vehículo unas calles más abajo; armado con una pistola se adentra él solo en la sucursal. Al darse cuenta de la situación un empleado avisa discretamente a la guardia civil, y les pone sobre aviso de que un hombre armado intenta atracarles. Rápidamente una pareja es enviada al lugar, pero en ese intervalo de tiempo un cliente entra en el local. Al llegar los guardias se encuentran con dos personas en el interior, sin saber cuál de los dos es el atracador ó si pudieran serlo los dos. Estos segundos de confusión y la estrechez del lugar que dificulta la maniobrabilidad de las armas, son suficientes para que El Lute salga del local dando un empujón a los guardias y emprendiendo la huida por calle Málaga en dirección a las vías del tren. Los guardias se apresuran a salir y disparar sus armas consiguiendo herir al fugitivo. Pero logra reunirse con sus hermanos que le esperaban logrando escapar y se les vuelve a perder la pista.
El Lute detenido.




2 comentarios:

  1. Muy bien, Fernando. Ha sido un placer leer este magnifico trabajo tuyo, felicidades.

    ResponderEliminar